Los contrapesos entre los tres poderes políticos de los Estados Unidos de América

Un diseño institucional único para asegurar que no hay ápice de tiranía.

Cuando los denominados ‘Padres Fundadores’ afrontaron la tarea de diseñar un sistema político desde cero para un nuevo país decidieron que ninguna rama de poder -ejecutivo, legislativo y judicial- tuviera la capacidad de actuar a su voluntad escapando al control de las demás ramas e imponiendo sus órdenes al conjunto de los ciudadanos. Máxime cuando su independencia la basaron en la tiranía del Rey de Inglaterra.

Por ello, diseñaron un sistema basado en el reparto del poder, y lo llevaron hasta tal punto que ninguno de los tres poderes es elegido por el mismo grupo de electores. El poder legislativo, que recae en el Congreso de los Estados Unidos (la unión de la Cámara de Representantes y el Senado), es elegido por los ciudadanos de todo el país; el poder ejecutivo, ejercido por el presidente y el vicepresidente, es elegido por un Colegio Electoral en base al voto popular; y el poder judicial, cuya máxima autoridad es la Corte Suprema, es nominado por el presidente y nombrado por el Senado.

Un sistema político basado en los ‘Check and Balances’

Las tres ramas del poder político estadounidense -el poder ejecutivo ejercido por la Presidencia, el poder legislativo representado por el Congreso, y el poder judicial cuya máxima instancia es la Corte Suprema- tienen la capacidad de contrarrestar las decisiones que tomen las otras ramas. Este sistema se conoce como los ‘check and balances’ y está muy presente a lo largo de la historia del país norteamericano.

Ahora bien, al ser un sistema basado «en el imperio de la ley», el poder legislativo tiene una cierta capacidad superior a los otros dos poderes. Eso sí, para poder ejercer estas capacidades extraordinarias, el legislativo tiene que actuar de forma unánime, con el beneplácito de las dos cámaras que forman el Congreso de Estados Unidos, la Cámara de Representantes y el Senado.

El poder ejecutivo frente al poder legislativo

Esta ‘supervisión’ es la que más se pone en práctica en el día a día político.

Una de los poderes más conocidos del presidente de Estados Unidos es el poder vetar las leyes que hayan sido aprobadas en el Congreso.

El presidente de los EE.UU. puede vetar las leyes que se aprueben en el Congreso y, además, convocar sesiones especiales por algún asunto que justifique el carácter extraordinario de la convocatoria.

A parte de esto, el vicepresidente de los EE.UU. es el presidente del Senado y, sólo en el caso de que haya empate en una votación, el vicepresidente puede votar en la cámara para deshacerlo, ya que no tiene derecho a voto. Esto hace que generalmente el vicepresidente delegue presidir las reuniones en el presidente pro témpore y este, a su vez, en un senador del grupo mayoritario.

El Congreso frente a la Presidencia

Ante el veto del presidente hacia una ley, el Congreso de los Estados Unidos puede, mediante una mayoría, levantar dicho veto y hacer que la ley entre en vigor. Además, puede investigar las acciones del presidente, no aprobar el reparto de fondos e incluso negarse a aprobar las leyes que lleguen desde la Casa Blanca.

Por su parte, el Senado puede rechazar los nombramiento del presidente para los altos cargos de la administración y no ratificar los tratados internacional que el presidente firme.

Además, el Congreso tiene el poder de poner iniciar el juicio político del presidente y destituirlo de su cargo.

El Congreso frente a la Corte Suprema

El Congreso de EE.UU. también contraresta al poder judicial. Las cámaras pueden cambiar el tamaño de los tribunales de justicia y el número de jueces que forman la Corte Suprema de Estados Unidos, el máximo órgano judicial del país.

Además, puede proponer enmiendas al texto constitucional, modificar las asignaciones y las jurisdicciones judiciales y, como hemos indicado anteriormente, rechazar en la vista del Senado a los candidatos que proponga el presidente. También tiene el poder de

El Congreso de Estados Unidos también contrarresta al poder judicial, ya que puede cambiar el tamaño de los tribunales de justicia y el número de jueces que forman la Corte Suprema de los Estados Unidos, el máximo órgano judicial. Puede también proponer enmiendas a la Constitución, rechazar los candidatos a jueces del Tribunal Supremo que proponga el presidente y procesar y destituir a los jueces federales. Igualmente, cuenta con la capacidad de modificar las jurisdicciones judiciales y el control de la asignación de éstos.

El poder judicial frente al poder legislativo

El poder judicial, a su vez, tiene control sobre el legislativo. Los tribunales (sin que tenga que ser la Corte Suprema) pueden declarar la inconstitucionalidad de las leyes. Además, de producirse el proceso de impeachment, el vicepresidente no puede presidir el Senado y su lugar lo ocuparía el presidente del Tribunal Supremo.

El poder ejecutivo frente al poder judicial

Pero Trump, como líder del ejecutivo, también puede frenar al poder judicial, ya que es el presidente quien propone al Congreso los nombramientos de los jueces federales y de los del Tribunal Supremo. Además, puede indultar a los condenados en un tribunal federal y negarse a cumplir las decisiones de la corte.

Judicial frente al ejecutivo

Por su parte, el judicial contraresta también al ejecutivo, ya que el Tribunal Supremo puede declarar inconstitucional las órdenes ejecutivas que firme Trump (como pasó con el veto en la expedición de visas para viajar a Estados Unidos), puede emitir órdenes propias y, como hemos dicho antes, el presidente del Tribunal Supremo es el encargado de presidir el Senado durante el juicio político al presidente.

Por tanto, en el proceso de destitución de Donald Trump intervendrían los tres poderes del Estado. Aunque, como hemos indicado, el Congreso, formado por la Cámara de Representantes y el Senado, tomarían gran parte del protagonismo.