¿Y ahora que soy diputado, qué?

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp

Las elecciones generales han dejado un panorama renovado en el Congreso de los Diputados. De los 350 diputados que forman parte de la cámara legislativa, 220 parlamentarios no han estado en la anterior legislatura, casi el 63% de los miembros.

Alguno de ellos han pisado el hemiciclo por primera vez. Otros, minoría, lo hacen con la confianza que da el haber sido diputados o diputadas en anteriores legislaturas. Incluso otros son diputados por partidos distintos a los que lo fueron. Sea como sea, lo que sí ha cambiado es la ciudadanía. Y es un panorama para el que ningún diputado está preparado.

El hecho de que haya un gran número de diputados que tomen posesión por primera vez puede ser entendido de dos formas. La forma optimista es que los líderes políticos se han tomado en serio el enfado generalizado de los ciudadanos con sus instituciones. La segunda, no pesimista sino continuista, es que los líderes políticos se hayan afianzado en sus estructuras de poder y se hayan rodeado no de políticos profesionales, sino de gente fiel en un contexto de usar y tirar.

Sea como fuere, el único dato certero es el que rige la explicación optimista: los ciudadanos están hartos. La mejor prueba de ello es la tendencia al alza de la identificación de las instituciones como problemas en los sondeos que realiza mensualmente el Centro de Investigaciones Sociológicas. Este dato objetivo cobra aún más relevancia cuando, cruzándolo por el interés por la política, descubrimos que los cansados no son los apolíticos, sino los ciudadanos que siguen la vida pública y quieren tomar parte de ella. Podría explicarse por la acumulación de procesos electorales. Pero también por los altos índices de polarización de la sociedad.

Si algo tienen pendiente los políticos con la sociedad que gobiernan es un aspecto clave con la definición de un sistema democrático. Los angloparlantes lo denominan accountability. Nosotros, rendición de cuentas. Si los políticos no dan explicaciones sobre sus decisiones, los ciudadanos se alejarán de los políticos, que no de la política. Buscarán nuevas formas de participación. De no encontrarlas, se quedarán en casa.

El hecho de rendir cuentas de la gestión diaria de la vida pública hacia los ciudadanos no debe ser entendido como una moda del gobierno abierto o la transparencia. Supone uno de los pilares básicos sobre los que se asienta la democracia formal y, con ella, todas las instituciones. Hasta la propia sociedad. La empresas hacen sus consejos de administración en las que los dirigentes explican a sus accionistas las líneas de acción y piden la aprobación de lo hecho y la confianza para lo que queda por hacer. Los políticos, deberían.

Para resolver esto, la gran caja de herramientas que la Comunicación Política pone a disposición de cualquier cargo público toma un notable relieve. A pesar de que lo que nos llega por los medios de comunicación son grandes cantidades de dinero y campañas mediáticas asimiladas a conciertos en estadios, la verdad es que comunicar bien resulta excesivamente barato. Incluso, muchas herramientas son gratis. Tan sólo hay que contar con las personas adecuadas y hacer una inversión en tiempo.

En una sociedad acostumbrada a los 250 caracteres, los directos y las cadenas de mensajes interminables, los partidos políticos se sienten cómodos tras un atril y dirigiendo toda la orquesta. Pero, si no hay aplausos al finalizar, es necesario que sean los ciudadanos los que suban a ese mismo atril a pedir explicaciones al director.

Solo a través de la comunicación política, los ámbitos político y social pueden estrechar sus diferencias y tender puentes entre dos regiones que se distancian cada vez más. Solo de esta forma se puede construir una sociedad equilibrada en la que cumplir lo que se denomino la política de las paredes de cristal y que los ciudadanos aún esperan su llegada.

Que en la era de las tecnologías y la comunicación tengamos que reclamar que los diputados configuren una web en la que expliquen sus actividades roza lo irónico. España con una de las mejores infraestructuras de fibra óptica no puede resignarse a coparla con series en straming o noticias de medio minuto. Ha de llenarse de información. De explicaciones. De realidad.

«¿Que dices? ¿350 páginas web?», me dices perplejo. «Bueno, en Estados Unidos son 450 y cada uno tiene la suya». No tienen que ser bonitas. O la última tendencia en diseño web. Han de ser útiles al ciudadano. Que dé gusto votar por alguien que se lo curra. Ese es el objetivo de todo. Y si lo se compagina con redes sociales o con cualquier herramienta que permita un contacto entre los ciudadanos y sus representantes, fetén.

(Por cierto, si queréis ver los diseños -algunos verdaderamente escalofriantes- o pedir una bandera norteamericana que haya ondeado en el capitolio un día soleado, podéis visitar el directorio de la Cámara de Representantes pulsando aquí)

«¿Objetivo? Yo lo que tengo que hacer es colocar el mensaje del partido», responderán algunas de sus señorías. A menos que sea el propio partido el que te vote, que no es el caso, la recomendación es que trabajes para los que pagan tu sueldo porque algún día pueden preguntarte «¿qué hay de lo mío?» y tendrá que haber alguna respuesta.

Mantener el equilibrio entre las tres agendas -la de los medios de comunicación, la de los ciudadanos y la del gobierno- es bastante difícil. Los periodistas, pesados como ellos, exigirán una respuesta a una declaración. Los ciudadanos, hartos de ver casos de corrupción, ni preguntará. El gobierno, venderá sus logros. Si la presidencia del Congreso de los Diputados no anda avispada para quitar la palabra a tiempo, incluso lanzará un ataque a la oposición.

En todo caso, nos remitimos al consejo anterior. Lo volvemos a recalcar: lo mejor es trabajar para el que paga el sueldo. (Los ciudadanos, por si hay dudas). Cuatro años pasan volando y la pregunta que no hizo aquel ciudadano sí tenía respuesta. La dejará en el sobre electoral.

A todo esto se suma la agenda propia. La más importante que permite a los diputados crear un perfil propio entre los ciudadanos que confiaron y que no quieren que sea uno más. La mejor campaña electoral es trabajar la confianza de la gente de forma permanente. Eso sí, siendo siempre uno mismo.

Uno de los consejos más repetidos es «sé tu mismo». Ja! La excelencia en política -como en cualquier trabajo- se consigue trabajando. Apostando. Innovando. Y sí, siendo uno mismo. Pero primero, las demás. La línea que separa un gesto natural y uno que se percibe como fabricado, de lo fina que es, es casi imperceptible. Sólo con sutileza se consigue que una fotografía describa un mensaje a la perfección. (Por cierto, nada de besar bebés). Si un diputado en lo personal es divertido, debe imprimir esa cualidad en su trabajo. Porque, si algo he aprendido en todo este mundo, es que lo natural y lo personal nos hace únicos.